Mis lios sexuales con un compañero motero

Como tras mi experiencia con mi amiga Claudia me había reformado un poco y sacado las mejores notas de mi vida, mis padres no tuvieron ningún problema para volver a mandarme a estudiar a la misma facultad al año siguiente, y yo me sentí la mar de contenta cuando lo supe, porque las vacaciones en casa habían sido más aburridas de lo que esperaba, así que me vendría bien un cambio de aires.

El primer día conocía mi nueva compañera de piso, con la que no conecté demasiado, pero no me pasó lo mismo con su hermano, que estaba allí para ayudarla a instalarse. Él vivía en otro lado, pero resultó que compartía conmigo varias clases, pues también estaba estudiando ingeniería; así que quedamos en vernos por el campus, y poco imaginaba yo lo que me iba a cambiar esa quedada.

Fue en la primera semana cuando Darío, que así se llamaba, se topó conmigo en la cafetería de la facultad, y me invitó a tomar una cerveza el sábado siguiente; yo estaba decidida a que la tónica del año pasado respecto a estudiar y sacar buenas notas siguiera, pero pensé que no pasaba nada por que el primer finde me lo tomara de diversión y conociera al personal, así que acepté. Él dijo que me recogería el viernes a las 8.

Pensando que iríamos a bailar a alguna discoteca cercana, me puse mi falda más corta y mi jersey más escotado, pero cuando él apareció montado en una moto de las caras y me vio, se echó a reír. Me dijo que sería mejor que me cambiara, me pusiera unos vaqueros y pillara una cazadora, porque me iba a llevar a un sitio que por lo visto yo no conocía, o no me hubiera vestido así. Me cambié de ropa un poco mosqueada, pero en fin, lo hice y me fui con él.

Cuando vi que salíamos de la ciudad, montada en la moto y agarrada a su cintura, empecé a preocuparme un poco, pero al poco tiempo él cogió un desvío y llegó a una zona donde ya había al menos 50 personas; era como un descampado entre varias arboledas, y allí estaba reunido un grupo muy nutrido de gente que bebía y bailaba, y hacía mucho ruido con las motos. Entonces lo comprendí todo: Darío era motero.

 

Era verdad que yo nunca había estado en aquel ambiente, y no me disgustó para nada. Eran gente escandalosa y que hablaban principalmente de sus “harleys”, de sus “burras” y de lo flipante que era ir a toda velocidad encima de ellas, pero pronto me acogieron entre ellos como si nada y me hicieron sentir muy bien. Andábamos por allí un rato bebiendo cervezas y charlando, cuando se organizó una carrera de motos, y vi que Darío se iba a presentar a ella.

Todo se organizó como en las pelis que yo había visto: una línea de salida, una chica que iba a dar la señal de comienzo con su pañuelo, y un montón de gente animando. Entonces empezó, y tras varias vueltas a un improvisado circuito, vi que Darío se hacía con el primer premio, así que aplaudí entusiasmada.

Se acercó a mí con el premio entre las manos, pero cuando lo alcanzó lo tiró a un lado, me agarró para subirme en su moto y nos alejamos un par de kilómetros. Allí, en la oscuridad y entre unos árboles, empezó a besarme y a cogerme las tetas, y yo comprendí claramente que quería follarme, pero al poco estaba tan excitada por la carrera como él, y acabé por dejarme llevar también.

Nunca había follado sobre una moto, pero estaba claro que él sí, porque en ningún momento estuvimos incómodos. Me la metió por todos lados, y eso en unos 10 minutos como mucho, y cuando terminamos estábamos los dos sin aliento. Regresamos a la fiesta, y una hora después me llevó a casa. Allí me besó en los labio y me dijo que nos veríamos a la semana siguiente.

Pero eso nunca ocurrió, porque un par de días después me enteré que debido a las carreras de motos, le habían abierto un expediente disciplinario y lo habían expulsado de la facultad; él se marchó de la ciudad, y aunque de vez en cuando me mandaba recuerdos con su hermana, nunca más volvió.

Y así acabaron mis andanzas ligando con un motero, pronto os contaré más.

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